sábado, 4 de marzo de 2017

niuna ninguna



Solemos reconocer la fuerza
la fortaleza
al cristalizarse en un hecho concreto
y violento. En una pelea, una caza, un golpe.

Una pantera vegetariana nos carecería de fuerza.
Una boa vegana nos causaría quizá gracia.
Una araña comiendo hierba atrapada en su tela
no nos generaría el miedo ni la sospecha.

Mujeres bellas y fuertes se han ido.
Mujer bella la que lucha.

Pero, también, belleza hay en la que no.
En la que no pudo.
En la que no llegó. La que tuvo que tragar su
grito, morder sus labios y ver estallar sus propios ojos de dolor.
La fuerza que se impone carece siempre de belleza.
Fatal el día en el que el homo macho pene erectus
trazó de rojo sus dedos en la cara de la hembra, del hijo, de la hija,
del hermano débil, del padre viejito. Fatal el día de puertas cerradas,
de mujeres tendidas.

Pero

La fuerza que impone una lucha, el grito que destapa
las caras con sangra, la venganza de la mujer que logra levantarse
a espaldas de aquel que la despojó
el golpe, los carteles, el grito, el luto que incrimina,
la fuerza de #niunamenos, las uñas clavadas, los dientes con sangre y pelos.

Belleza sería mucho más mejor aún
que eso no. 

Que la mano alzada del hombre aquél que la levantó
ante Ella se hubiese desvanecido en el aire siendo ni siquiera polvo.

Que las lenguas que gritan se vuelvan ríos que los ahoguen.

Que los pitos que pretendan violar se vuelvan ratas voraces que devoren a sus portadores.


Que el entorno que genera
que el entorno que avala
que el entorno que produce
eclosione, se vuelva, se torne nada.

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